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Arrio era un hereje que negaba la divinidad de Jesús y su prédica creaba desconcierto en la Iglesia Católica. En el siglo V, en Roma había muchas fiestas paganas, una de las más importantes era la del Sol Invicto, la cual se celebraba el 25 de diciembre por el solsticio de invierno. La iglesia necesitaba afianzar la creencia de que Jesús era hijo de Dios y, por ello, instituyó en dicha fecha el nacimiento de Cristo.
Si bien es cierto que la Pascua es la fiesta más importante de la Iglesia Católica, la Navidad ha cobrado más protagonismo. La Pascua celebra la resurrección de Cristo, el paso de la muerte a la vida. La Navidad, su nacimiento, el comienzo de su vida en la tierra. ¿Acaso de modo inconsciente los cristianos valoramos más nuestra permanencia en el mundo que la posibilidad de una vida más allá de la muerte?
En la navidad se observan cosas hermosas: muchas familias, al margen de su fe, se reencuentran para compartir con los suyos; la solidaridad se reaviva y hay quienes trascienden su c írculo familiar para dar de sí a otros. No obstante, también se usa la figura del Niño Jesús para exacerbar las ansias de consumo.
Caminos pone a consideración estas líneas y los artículos que en esta edición se proponen, con el afán de provocar reflexión de sus lectores. Navidad puede ser también un tiempo de reconsideraciones.
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